2016-07-29

I-Reseñas: El núcleo del disturbio, de Samanta Schweblin

Sigo con estas reseñas a destiempo para referir mis impresiones tras la lectura de El núcleo del disturbio (Booket, 2011), de Samanta Schweblin. Había leído varios cuentos de esta autora, incluida en diversas antologías y referida siempre en todos los estudios sobre última literatura argentina como un hito insoslayable. En verdad lo es. El libro, ópera prima édita, originalmente publicado en 2002, es absolutamente magnífico. La palabra que mejor podría definir estos cuentos es precisión: los de la autora son relatos precisos que funcionan como máquinas de relojería suiza en dirección a causar un efecto determinado de lectura. Desaparecen en Schweblin por decisión de estilo los elementos tecnológicos y las referencias cronológicas que marcan el tiempo externo y los relatos nos reenvían a un cronotopo que remite a un contorno bonaerense al Sur de la Avenida Rivadavia, por así decir, y a un tiempo existencial, también literario, donde junto con ecos, a mi entender, de Conrad, Kafka, Lem, Vian, personaje además de un cuento del libro, que coprotagoniza con Dios, mesero de una taberna, podríamos ver aparecer al John Howell de Cortázar corriendo tras nosotros o a cualquiera de los personajes  onettianos al doblar una esquina. Schweblin forma parte de la estirpe de narradores rioplatenses que construyen ante todo más que un mundo una mirada, oblicua, descolocada o marginal. Parte de ese situarse en el margen lo da la lógica constructiva de sus personajes, a través de los que se mira y se nos ofrece el mundo: enfermos, que ceden su responsabilidad ética en oscuras figuras directrices no fiables, como psiquiatras, médicos o el empleado de una boletería, es el caso de los protagonistas del último y primer relato del volumen, Benavides y Gruner, esquizoides, neuróticos o de percepción distorsionada por un elemento quizás fantástico, como la Señora Frittsch o como las mujeres de "Mujeres desesperadas", directamente psicópatas, como el Topo, o asimilados al papel pusilánime y secundario de un perro, como el marido de "La verdad sobre el futuro". El lenguaje de Schweblin se mancha en cada caso con la materia de cada mundo interior de sus personajes, inclusive en los relatos narrados en tercera persona. Formidable es en ese sentido "Matar a un perro". Es interesante subrayar otro gesto de estilo: los narradores protagonistas de estos cuentos son varones, cuando aparecen mujeres la narración es en tercera persona, aún cuando se bucee en la perspectiva de un testigo de la acción, como en "Adalina". La lectura del universo masculino se centra en sus crisis y sus respuestas ora brutales, ora pusilánimes a los retos que un mundo violento, sórdido y confusamente absurdo les propone. La derrisión de ese espacio masculino se acomete de manera magistral en "El sueño de la revolución" o en "La pesada maleta de Benavides". Este último cuento que cierra el libro es una obra maestra, por cierto. Está en él la reflexión final sobre el arte, el modo en que se ofrece como marco cómplice y da carta de naturaleza, vuelve consumibles las formas del horror, en esta obra, el cadáver de la esposa de Benavides descuartizado para que quepa en una maleta. Maravilloso es comprobar cómo se nos hace a este asesino confeso víctima de un plan macabro que lo hace artista mediante su conversión en eslabón de una extraña cadena puesta a funcionar en el mercado cultural. Al leer a Schweblin pensé en la obra de  Levrero, París. Gardel canta en ella en directo después de muerto tangos que nunca cantó, nuevos, originales, en un imposible Odeón. Bien: los cuentos de Schweblin hacen pensar en un regreso al núcleo oblicuo de la narrativa Argentina del siglo XX, con un lenguaje cortado y rápido que toma el pulso de su presente. Hay que leer a Schweblin.

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"Sin embargo yo creo que aquel niño se fue con ellos y todos juntos viven con otras personas y es a ellos a quienes los muebles recuerdan. Ahora yo soy otro, quiero recordar a aquel niño y no puedo. No sé cómo es él mirado desde mí"

Felisberto Hernández, "El caballo perdido".